Cuando llorar ya no es suficiente

Hay libros que se escriben porque uno tiene algo que enseñar. El mío no.
Ni héroes, ni mártires nació cuando entendí que algunas cosas se comprenden demasiado tarde. Durante años confundí fortaleza con resistencia. Me acostumbré a ser el que encontraba una salida cuando algo se torcía, el que asumía una responsabilidad más porque alguien tenía que hacerlo y el que escuchaba los problemas de los demás mientras iba dejando los suyos para otro momento.
Tu cuerpo no había firmado ninguno de aquellos acuerdos.
Con el tiempo descubres que las personas rara vez se rompen de repente. Antes hubo cambios, silencios, cansancio y pequeñas renuncias que parecían no tener importancia.
Lo más difícil no siempre es ver romperse a alguien
Lo más complejo llega cuando descubres que quien se está rompiendo eres tú. Cuando acabas hiperventilando en una cuneta, en la habitación de un hospital o durante semanas en una cama, sin fuerzas siquiera para mantener una conversación con tu hija.
A partir de ahí ya nada se mira igual: ni el trabajo, ni el éxito, ni la responsabilidad, ni probablemente la vida.
Una forma distinta de mirar
Quizá por eso hoy dedico buena parte de mi trabajo a hablar de señales. De aquello que ocurre antes de la baja, antes de la salida y antes del conflicto abierto. El libro cuenta una etapa de mi vida, pero también explica por qué hoy miro a las personas y a las organizaciones como las miro.
Algunas cicatrices no vienen a recordarte lo fuerte que fuiste, sino lo lejos que nunca deberías haber llegado.
No es un libro de héroes. Tampoco de mártires. Y no tiene un final feliz de esos que quedan estupendamente en LinkedIn. Tiene algo que para mí vale bastante más: verdad.